Miradas
Es el último día de curso. Helio, Neón, Argón y así hasta donde llega la mirada oblicua hacia la fila de los elementos raros donde reposa en la planta baja el sr. Radón en aquella tabla periódica colgando en el lateral de un aula que ya huele a vacaciones.
Bien mirado, puede decirse que ha sido un curso bastante aprovechado. Todo aprobado, hemos ganado la liga del fútbol sala, hemos quedado segundos en el campeonato de oratoria y ningún hueso roto después de nueve meses de recreos, los partidos de los sábados contra los escolapios de Aluche, las excursiones a la Herrería que siempre acabaron en guerras de piñas contra otros colegios invasores de nuestros espacios y algún que otro sopapo cortesía de los abusones de octavo, por no saber cantar la Internacional o no querer lamerles los zapatos.
La mirada se lleva mucho en el mundillo de la Literatura. Unamuno nos pedía que tendiésemos la mirada, blanda mano de salvación. Octavio Paz nos hablaba de la casa de la mirada. Benedetti nos proponía construir nada menos que un canal. Un canal sin esclusas ni excusas que comunicase su mirada atlántica con nuestro natural pacífico. Y Bécquer, ¡Ay, Bécquer! Recuerdo un día en clase de literatura, que don Antonio, el profesor, nos había puesto de deberes recitar unos versos. "García, salga a la pizarra a declamar." Y yo, García, el nombre lo perdías al inicio del curso, salía como podía de aquel pupitre de madera estajanovista y espartano (ambas palabras empiezan con es- como la palabra espantoso) pensado para tísicos y no para gorditos, perdón, para hermosos. Porque en aquellos años la gordura era hermosura.
Mi menda, García, puesta la mirada al fondo de la clase, lugar defendido por los repetidores y candidatos a malaje del año, comenzaba a recitar. "Por una mirada un mundo, por una sonrisa un cielo, por un pedo... yo no sé que te diera por un pedo" Una tormenta de carcajadas caló a un impávido don Antonio, cuya mirada clavada en mi no auguraba sino un soberbio capón y como castigo un trabajo sobre las mocedades del Cid.
En otras materias como la religión y las Ciencias Naturales la mirada tiene su importancia, pues siempre ha habido debate sobre cuál es más relevante o penetrante. Si la mirada de la Ciencia o la mirada de Dios, pues al parecer tienen principios de incompatibilidad. Quizá sea un principio de cataratas, o de miopía. Vete a saber.
En el campo de la Historia, la mirada alcanza el honorable grado de la contemplación, que es como hay que mirar monumentos y obras de arte. Que se lo digan a Napoleón, que se tuvo que subir a una pirámide de Egipto para decir que, desde allí, cuarenta siglos nos contemplaban. Años más tarde, el mismo Napoléon fue algo corto de miras no calculando bien sus fuerzas intentando invadir Rusia.
También en mi colegio la mirada es importante. En clase de gimnasia te ordenan militarmente poner la mirada al frente. Si el Cadenas o el Pirri te miran, sabes que estás perdido. Si la mirada es fugaz, de no más de dos segundos, respiras aliviado porque eso significa solamente que te van a quitar el bocadillo. Pero si mantienen la mirada fija, como retándote, no respiras porque te invade un acojone de dimensiones bíblicas. Sabes ya que a la salida te esperan y vas a cobrar. Sin más, solamente porque toca.
Cuando salimos al recreo, en las cocinas de este Titanic de la enseñanza que es mi colegio, emanan los aromas de los sofritos y guisillos y a nosotros nos parecen elixires que despiertan el hambre. Y hacemos nuestras apuestas sobre lo que nos pondrán de comer. Pasado un rato, enviamos de emisario a Castaña, que es bajito y pequeño, de ahí su mote, a echar una mirada en los fogones y así saber quién ha adivinado la pitanza.
Todos estos pensamientos me invaden en este último día de curso. Nuestro tutor, don Ambrosio, ha ido repartiendo las notas finales que son un poco el plata o plomo de Escobar. Con mi boletín en la mano y sabiendo que lo mío es plata pura, me he dedicado el resto de la mañana a mirar por la ventana, hasta que cerrando los ojos he salido de mí mismo visionando todo lo que haré este verano. En realidad era mirar por mirar, porque en casa aún no se ha decidido dónde iremos de vacaciones. Mi madre tenía puesta la mirada en Calpe, en ese hotel con pensión completa, para no tener que hacer nada y se lo diesen todo hecho. Y mi padre, que no hace más que mirar la cuenta corriente, es más partidario de irnos al pueblo a casa de los abuelos, donde todo es muy tranquilo, fresco y sobre todo más económico. Mira tú por dónde.
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